Las enciclopedias y diccionarios, nuestros “google” de los setenta y los ochenta.

Las enciclopedias y diccionarios, nuestros “google” de los setenta y los ochenta.

Preparar un trabajo o una lección iba acompañado de una acción previa, que era la selección de los tomos de la enciclopedia que fueran necesarios y por supuesto del diccionario.

Ya en estudios universitarios se usaban diccionarios mas especializados: de sinónimos y antónimos, de tecnicismo, normativo, bilingüe y etimológico, principalmente.

Las enciclopedias,dependiendo cual fuera, se componían de 8 o 10 tomos, mas apéndices especiales y actualizaciones. También las habían mas ilustradas, con láminas de arte, cartas marinas, mapas y planos que podían aumentar los volúmenes hasta mas de una treintena.

Fue a finales del siglo XVIII cuando llegó a España por miembros de la RAE un ejemplar traído desde París, compuesto de 28 volúmenes de ‘L’Encyclopédie’. La primera enciclopedia francesa que contenía todo el saber humano de la época.

Su primera edición fue publicada por Diderot y D’Alembert en París entre 1751 y 1772.

Siguiendo una ordenación alfabética y según el volumen de palabras existentes, los tomos podían ir de la A a la B (A-B) recoger varios tomos para una misma letra (Aa-Az) o varias letras en el mismo tomo (W-Y-Z).

No había familia en época de los 70 y 80 que no se endeudara hasta las cejas adquiriendo un diccionario enciclopédico con el afán de ampliar los horizontes de sus hijas e hijos.

Y ocupaban en el hogar un lugar relevante, la mayoría te la vendían hasta con su propia estantería y sabías si era SALVAT, LARROUSE, ESPASA-CALPE…

Imprescindibles ayer como material de consulta, aplastadas hoy por Google y Wikipedia principalmente y cuyos usuarios que posean un equipo informático no pagan tarifas para acceder a los buscadores de Internet.

Aquellas mesas del salón o la de la cocina y quien era mas afortunado su mesa de estudio, llenas de libros con marcadores de trozos de papel o lápices de colores entre página y página, con la información necesaria, han pasado a estar a la vez en un móvil o en un portatil y al mismo tiempo puedes hablar o chatear, ver el tiempo que hace o hacerte un retrato.

¿A ver cuando dispensan café y un bizcocho de Moya pa’ ir mojando? Oiga, que todo es ponerse, ya con un usb usted puede conectar un vaso calentador o mantenedor y a buchito ir terminando el trabajo.

Casita de muñecas.


Todo empezaba con la llegada de la “Casa”con una muñeca y algún complemento, normalmente por “Reyes”.

El primero solía ser la cama, las había con cabeceras de hierro, con adornos en dorado e incluso algunas de delicadas maderas.

Luego solía llegar la mesa camilla que se cubría con una o varias capas de tela, que normalmente estaba a juego con las cortinas, el tresillo, sillas y algunas butacas.

En la calle Cano esquina Constantino, de Las Palmas de Gran Canaria, durante varios años, allá por los ochenta, se podía conseguir complementos para la “Casita de Muñecas”.

Anteriormente, muchos de estos complementos venían de Inglaterra y se adquirían en el “Palacio de Los Juguetes” por Las Alcaravaneras, que estaba en el bajo de la vivienda de la familia Lacave.

En la calle de Triana en el bazar “New York” y por temporadas, mas bien cercana a Reyes en “Almacenes Cuadrado”.

O en Vegueta, que se podía adquirir en una tienda que se entraba por el chaflán, porque hacía esquina en la calle La Pelota, llamada así, dado que en ella se jugaba a La Pelota o La Bola, en aquellos tiempos de mis abuelos.
Juego que bien conocía el personaje de Pancho Guerra, Pepe Monagas.

El juego de la bola canaria consiste en lanzar una bola desde un punto establecido, con la intención de acercarse lo máximo posible a una bolita de color, intentando apartar la de los contrarios.

Luego en la zona de Las Canteras y La Isleta estaban “Los Indios”, sí los Indios, donde se adquirían principalmente relojes, cassettes y transistores, pero traían muchos complementos para las casitas. Aunque cada bazar tenía su nombre, eran mas bien conocidos por “Los Indios del puerto o de la calle La Naval”. Eran bazares Hindús.
Si no encontrabas lo que buscabas, se lo podías encargar y en unos meses lo tenías.

Siguiendo con nuestras casas, estas eran elegantes, algunas muy pomposas, pero también las había discretas con bella fachada, que en realidad eran puertas, que al abrirse se veía el interior con su división de espacios: salón, dormitorio, cocina, cuarto de baño, una dependencia de cada una o varias, dependiendo de su tamaño.

No todas las casas eran compradas en tiendas especializadas, muchas se le encargaba al carpintero y cuando no había posibilidades, se autoconstruían con chapas de madera y todo el “kit” de herramientas necesarias: sierra, papel de lija, berbiquí, cola blanca y algunas pequeñas tachas.

Ya luego y normalmente al correr de los años se complementaban con cuadros, lámparas, candelabros, vajillas, cuna, cochitos de bebé y todo lo imaginable, hasta chimeneas con su hoguera, porque las casas mas sofisticadas, también contaban con instalación eléctrica, que se alimentaban normalmente, con pilas berec de las grandes o de petaca.

Lo mejor de estas casas es que se heredaban y pasaban de generación en generación. Todavía hay muchas, que si no están en exposición, están en un armario a la espera de volver a ocupar un espacio, ya si no como juego, si como decoración.

 

PD: Esta foto es de las redes, en cuanto encuentre las mías la cambio.

La limpieza de las jaulas de los pájaros.


Cuando era un chiquillo me encargaban la limpieza de las jaulas de los pájaros, confieso que no me gustaba nada.

Colgadas en la pared y bajo la parra, tenía que subirme en un banco, apoyado a la pared y haciendo equilibrio pa que no se fuera la jaula al piso y no me diera un “leñaso”.

Habían en el patio unas diez jaulas con una docena de estas aves, principalmente canarios.

Me asombraba que para trasladarlos, los introducían en un cartucho y con un cigarro encendido se le abría varios agujeros en el papel, por donde le entrara algo de aire al pajarito.

Así me llegaban a mi, en un cartucho y luego tenía que soltarlo en la jaula que mi abuelo me decía.

El trajineo comenzaba sacando los comederos y bebederos, que en un principio eran tacitas y alguna lata que después de “jalarnos” las sardinas, se limpiaba bien y se usaba para el agua o el alpiste.

Con el tiempo se modernizaron y se colocaban enganchados a las verguillas, tenían forma de tubo y dispensaban los alimentos y el agua, según se consumía.

También al tiempo, el alpiste dejó de venir solo y era una mezcla con unas bolitas de colores, recuerdo rojas y verdes.

Luego se le sacaba la tablita que hacía de suelo, que aunque la envolvía con papel del Eco de Canarias, el Diario Las Palmas o La Provincia, siempre en algún lugar había que usar la espátula para limpiar algunas cagadas.

Se revisaban las varillas y las maderas, sobre todo el palo en el que se posaban.

Una vez al mes como mínimo, se les ponía una escudilla con agua para que se bañaran o refrescaran.

El aseo del hábitat se acababa colocándo unos rábanos o cañamones, huevos duros y sus cáscaras colgando, mas un trozo de manzana que se insertaba entre las verguillas.

Cuando era la temporada de “casamiento”, se ponía la pareja en la misma jaula y un nido que se hacía con retales de tela y un colador viejo.

Y eso sí lo recuerdo con alegría, la temporada de incubar y sobre todo cuando rompían los huevos y salían las crías, peladas, todo ojos y pico. La mamá le llevaba la comida al pico y era todo un espectáculo, cinco o seis desesperados parajillos desplumados y piando por su alimento.

Si la parra estaba podada cubríamos el techo de las jaulas con papel de periódico a modo de sombrajo.

Y luego mi abuelo se pasaba horas escuchando los trinos y sabía que pájaro era el que cantaba…mira javierito el “risado, el moñuo”, el …

Ahora ya no los escucho en jaulas, voy al monte y me lleno con sus trinos y también me parece oír a Calderín.

A las cholas.

Esas cholas que dejan libertad a los ñoños.

Esas cholas que dejan fresquitos los ñames.

Delicia de los dátiles que estuvieron «apretujaos», y que recobran en ella color, vigor y abandono del sudor y de ese color encarnado, tirando a morado.

Esas cholas voladoras de «venpaquín» o de «estatequietodemonio, jodío chiquillo».

Esas cholas surferas, de monte, bugueras, de barrio, de: chacha ponte las cholas y nos vamos pa la playa.

Esas cholas que defienden las plantas de los pies de la arena ardiente hasta la mojada.

Esas cholas que flotan y no se pierden porque parecen que nadan.

Esas cholas, que corren, vuelan, se arrastran y hasta bailan la Rama.

Esas cholas imprescindibles en la fiesta del Agua o en la traída del Barro.

Esas cholas que embellecen las «patas» y Pa’l Charco danzan.

Las Cholas que por la avenida brincan con la Vará del Pescao, La Rama, La Traída del Barro, La Fiesta del Agua,….

Con Cholas, con los dedos al aire…y Rianga!..

Javier Marrero.

Rodillas, barbillas y codos “pelados”. Chichones.


Rodillas, barbilla y codos “pelados”.

Raspados, en carne viva o con las caspas, que eran costras de sangre seca y vaya a saber usted que mas, tierra, piedrillas, cristalitos.

Las caspas eran tan atrayente que en cuanto endurecían te daba por arrancarlas y te volvías a hacer sangre o te salía pus.

Cuando no se despegaban del todo y quedaba un extremo pegado a la piel era molesto e incomodo, pero uno seguía “jurgando” hasta arrancarla y luego a soplar la “carne viva” para calmar el escozor.

Así crecíamos, además de ojos moraos, chichones y moretones. Y no te quejaras de que te dolía porque entonces “recibías”.

Recibías en el cole, que podía ser con regla ancha en las puntas de los dedos o con regla fina en las palmas de las manos y lo veían tan “educativo”, no te jode.

También “alcanzabas” en casa, lo que le decían “tortas en el culo” o cachetones. “Te doy un cachetón que te reviro la cara” y vaya si la reviraba, que se quedaba encarnada y “jirviendo” durante un buen rato.

“Te doy de tortas en el culo que no te vas a poder sentar en varios días”.

Para los chichones, porque recibías un tenicazo o un palazo en la cabeza, que también se producían al caer o chocar y “frenar” con la frente o la nuca contra un poste, la pared o en el piso, habían dos santo remedios: uno era aplicar hielo, que no siempre estaban a mano y el otro era aplastar el chichón con una moneda de medio duro.

El dolor seguía y la inflamación se tornaba a un cardenal que pasaba por colores azules, verdes y morados.

Era curiosa y temible la frase de “tu sigue así que vas a alcanzar”, porque el toletazo venía detrás. Fuerte alcance.

Y por si faltaba variedad en estas “torturas que decían educativas”, estaban los capones, el coscorrón, que hasta había una medida según considerara el ejecutor verdugo la gravedad de la “falta”. Cinco capones, diez … y se daban doblando el dedo y golpeando la cabeza con el nudillo del dedo corazón.

Los tirones de oreja o revirarlas, que parecían que te las iban a arrancar, te las dejaban calentitas durante un buen tiempo y rojas como si toda la sangre se te hubiera ido a ellas.

Y luego estaba la versión zapatilla en sus diferentes modalidades, con una mano agarrándote un brazo y con la otra a zapatillazo limpio, normalmente buscando el culo pero se escapaba alguno a la espalda y a la mano con la que intentabas protegerte.

En esto de la zapatilla también existían “las voladoras” que te impactaban en cualquier parte del cuerpo y encima tenías que ir a devolverlas.

Eso sí, había categorías en ellas, estaban las alpargatas de esparto que escocían a lo mejor mas, las cholas o esclavas de plástico, que eran mas flexibles o las babuchas de cuero que se amoldaban a la zona donde impactaban.

“Escapamos locos”, eso sí, con la cabeza llena de bultitos y señales de cicatrices de heridas mal curadas por algunas partes del cuerpo, principalmente en rodillas, codos y barbilla.

Pero oiga, eran otros tiempos y parece que en esto algo hemos avanzado, por cierto, si era irónica la cosa que algunas veces te decían si te pego es por tu bien y pa’ que aprendas…aymimarre.

El parque de Las Brujas allá por el Barrio Inglés, ahora llamado Ciudad Jardín


El parque de Las Brujas allá por el Barrio Inglés, ahora llamado Ciudad Jardín.

Siempre era un misterio ir al parque de las brujas, que en realidad era una finca abandonada donde quedaban algunos papayeros, algún guayabero y muchos tunos indios.

El “saludo” solía ser coger unos cuantos «rabo llevas», una pequeña hierba que tenía pelillos y pegarlo a la espalda de alguien cantando “rabo llevas y no te enteras” y todos mirándonos a ver quien lo llevaba.

En un extremo construimos un campo de fútbol, solar libre, solar que se ocupaba. También contábamos con un pequeño refugio a modo de chabola, construido con cartones, cajas de madera y algún bidón de lata. Refugios de estos teníamos por varios lugares de la ciudad y se respetaban, casi todos nos conocíamos. Ya escribiré sobre estos “refugios” que los teníamos en los arenales, en los solares de Mesa y López, en el Campo España y muchos mas, por supuesto todos con uno o dos campos de futbol.

Era cruzar la plazoleta del insular con sus grandes laureles de india y sus bancos circulares de madera que daban vuelta al tronco del árbol y garantizaba siempre la sombra y el fresquito y comenzar la aventura llena de suspense.

Caminando por el Barrio Inglés, que para erradicar el paso de los ingleses y su comercio, Primo de Rivera por el 1928, cambió su nombre por Ciudad Jardín y prohibió palabras, como las de hall, WC y Knife entre otras, pero la población siguió diciendo barrio inglés, el “jol” , el vater o vatercló y por su puesto el naife y mas anglicismos, de las cuales hoy en día todavía se conservan algunas.

Pero para nosotros ni un nombre, ni el otro, para nosotros era el “barrio de los ricos”. Chalets con jardines y algunos hasta con piscina y cancha de tenis.

Siempre íbamos con la ilusión de estar solos, pero muchas veces había que negociar el campo u organizar una pequeña liguilla para solucionarlo. En la que quien ganaba seguía jugando y el que perdía pa’l banquillo.

La pandilla de Las Alcaravaneras nos sentíamos dueños de nuestro parque de Las Brujas.

Antes de la llegada al parque estaba uno de los pilares, que antaño suministraba a las vecinas y vecinos agua y en ese tiempo había veces que salía un chorro y nos servía para refrescarnos. Beber no, porque ya nos advertían desde casa, que no bebiéramos agua por ahí que no fuera de botella. Siempre hemos tenido que pagar a las embotelladoras para beber, algo primordial como es el agua, lo jodido es que hoy en día seguimos haciéndolo y no protestamos. Fuerte negocio tienen dos o tres por estas islas, con el agua que es de todas y todos.

Entre partido y partido y las veces que no había balón, contábamos historias de las mas variopintas. De terror, claro, aunque después te creyeras algunas y te cagaras de miedo, cosa que por supuesto siempre se negaba.

La finca tenía un desagüe de canalización del barranco, que nosotros le llamábamos “El Túnel” y venía a salir por donde está el colegio de Las Teresianas.

Los más terroríficos cuentos se reservaban para el interior y muchas veces se salía despavorido, gritando, todo desalado y a trompicones hasta conseguir llegar a la carretera.

Digo la carretera, porque vivíamos en la calle y ahí estaba permitido jugar, pero para la carretera ni de coña, que eran la de León y Castillo y la de Pío XII. Ya fuera del túnel todos volvíamos a ser muy valientes.

De regreso a casa, que esta era la disculpa y algunas veces se nos olvidaba, nos llevábamos un balde de tunos que pelábamos y dejábamos toda la noche al relente y se volvían gelatinosos. Mas ricos, que tras comerlos se te quedaba la lengua y las bembas encarnadas y estabas todo el día meando colorado.

Atrás quedaba otra aventura llena de anécdotas misteriosas, algunas que eran sobre el lugar, se disolvieron cuando nos enteramos que se llamaba “El parque de Las Brujas” por una planta, las Brujillas, que ha constituido un recurso frecuente en el ámbito familiar de la población canaria para el tratamiento de catarros con fiebre. De los frutos al secarse, queda una pelusilla erizada que como los rabo llevas, también se pega fácilmente a la ropa.

Pelusillas que soplábamos y salían volando las semillas llevándose nuestras inspiradas historias, allá por el Barrio Inglés, la Ciudad Jardín, el “Barrio de los ricos”.

  • Javier Marrero

La casa de mis abuelos en la que viví gran parte de mi infancia en Las Alcaravaneras

La casa de mis abuelos, en la que viví gran parte de mi infancia en el barrio en Las Alcaravaneras, era una casa «alargada», una casa canaria de autoconstrucción . Ubicada en una calle tranquila, la de Ingeniero Salinas. En un  lado el Estanco, conocido por el Estanco de Calderín, que estaba integrado en la vivienda y se accedía por el interior de la misma, para abrir las puertas a la calle, en las que se colgaban los revisteros hechos de alambres gruesos y las revistas y periódicos se sujetaban con trabas.

La vivienda tenía una gran puerta verde de dos hojas que en su parte superior contaba con unos pequeños ventanucos que se abría con una cuerda.

Un zaguán con una pequeña repisa con santos y velas, espejos, plantas de ficus y algunas rosa de plástico.

En el patio una gran parra que daba sombra en verano y enormes racimos de uvas, allá por septiembre, después de la fiesta del Pino, acabando el verano.

La pila con su talla estaba a la izquierda, con agua fresquita, adornada por un precioso y siempre verde culantrillo.

La alacena con las latas de sardinas, las de gofio y de leche en polvo LITA. Con el mejunje de Paye macerando, ese casero que hacía con ron Carta Blanca de Arucas, café en grano, ‘pisco’ de azúcar, unas ramas de anís cristalizado y ramas de canela.

A la derecha las habitaciones, con baúles y maletas. Sus cómodas, pequeños armarios y sus camas.

Al fondo el cuarto de baño y la cocina. Antes no habían comedores , se comía en el patio. A diario entre la pileta y el cuarto de lavado y cuando había alguna celebración bajo la latada de la parra.

La merienda, en la calle que olía a picadura Tamadaba, la fábrica de tabaco que estaba en la esquina con la calle Valencia, era un cucurucho de aceite, azúcar y gofio con un plátano entero o escachado. Algunos días bocadillos de picadillo o jamonilla, que también se les conocía por el nombre de la marca y sencillamente era un bocadillo de Tulip. Los días de fiesta, unos con galletas y conserva Conchita y otros con chocolate SICAL, que estaba bueno pero le decíamos “terroso”.

En la azotea el palomar, el gallinero, la conejera, los guayaberos y el nisperero  dentro de los bidones de latas de aceite industriales, reutilizadas y convertidas en parterres.

Baldes rotos y cacharros de lata en desuso que hacían de maceteros para geranios, claveles y malas madres, llamadas estas últimas así, porque sacaba sus nuevos brotes a través de una varilla y según me explicaban, como eran “sus hijos” y en vez de arroparlos los alejaba, de ahí le pusieron el nombre.

En los agujeros de las paredes los nidos de los palmeros.

Enfrente el portón del Titanic…aunque para nosotros siempre ha sido Titani, la casa de Angelita la Mora. Que le llevábamos las gallinas para que las sacrificara. Se me partía el alma y volvía llorando a depositarlas en el fregadero en la cocina.

Yo me encargaba de darles de comer, hablaba con ellas, les limpiaba la mierda «del palo del gallinero»..recogía los huevos…y cuando me decían coge a la blanca o a la quícara y llévasela a Angelita, los pies se me hacían de plomo y aquellas aleteando y cacareando como si ya supieran el destino.

En el barrio de Las Alcaravaneras por esos tiempos, a quien se dedicaba a despreciar o a mentir les decíamos  «farfullera o farfullero”… y muchas discusiones se acababan con un “Sale pa llí farfullero”.

Pero siempre se arreglaban las broncas, algunas veces por interés y muchas porque ocurrían cuando se bebía y se justificaba con: “es que tiene mal beber”.” Si estás bebío quítateme delantre”.

Las Alcaravaneras desde el Palacio de los Juguetes, a los papahuevos de Isidro Gomez, almacenados frente al colegio de La Salle, al Estadio Insular desde donde se veía el cartel de Margarina “Marianne La Niña”, el Sindicato de plátanos, la fábrica de galleta Tamarán y la de colchón Flex.

Sus arenales que servían como gradas para ver el futbol, para bajar corriendo por ellos con una lata ya usada de leche en polvo y atravesada por una verguilla, que hacía de manillar de una supuesta moto. Con la boca se hacía el ruido del motor con sus acelerones, frenadas y pitadas. Por las noches rellenábamos las latas de papeles y maderas, le prendíamos fuego y era el foco.

Portones, seis que recuerde y que le dedicaré un escrito exclusivo porque se lo merecen.

Vivir en la playa, jugar en la calle, días de maresía y siempre con olor a mar. Nadar hasta el dique, coger lapas y caracolas en el marisco. Sortear las barquillas y sentarse en el pequeño viejo muelle, con las patas colgando a contemplar las peñas de “Las dos hermanas”, comiendo chochos, pipas, chuflas, manices y regaliz comprados en el carrito de Clementito o a Ana “La Morena” en la calle del Cine. Todo con medio duro y sobraba alguna perra.

Javier Marrero.

* La imagen corresponde a las escrituras originales de la vivienda, que tengo el honor de seguir custodiándolas. El tubo metálico donde están guardados fue hecho con una “Lata de 5 litros de aceite de oliva”, todo un arte hojalatero.

Y va la segunda parte con Miguel por Las Alcaravaneras, el Negrín y el “Loro”

Y va la segunda parte con Miguel por Las Alcaravaneras, el Negrín y el “Loro”.

Una úlcera en la pierna izquierda desencadenó el final, bueno en realidad la úlcera era consecuencia del resto de enfermedades.

En sus últimas semanas tuvo una novia. El tenía la certeza de que ella le acompañaría. Me encargó que la buscara, a mi me mosqueaba que no la encontrara ni por la playa, ni por Santa Catalina, ni en la Nueva Isleta.

Pero el seguía con su ilusión, así estuvimos unos días.

Miguel ¿que te traigo?, Hippy tráeme a la pivita.

Coño Miguel me cagoentoo, que no está, que no la encuentro, tu sabes que en cuanto dé con ella vendrá, no debe de saber nada.

Al final ya la había encontrado por la antigua fábrica de tabaco “La Flor Isleña”, frente a la casa del Coño, que estaba habitada por personas sin hogar y no quería saber nada de él. Cosa que nunca le dije y quizás se lo tendría que haber dicho.

Miguel, sin gilipolleses ¿Que te traigo? Ahora soy tu piva y deja de tocarme los cojones.

Hippy , pues tráeme una botella etiqueta negra, dos cajas de kruger…—-ehh..vale!!!! Ya lo hablamos, por lo pronto te traigo unas zapatillas.

Ahhh espera Hippy, traime un «loro». Un loro en el argot y para quien no lo conozca, es un transistor y es cierto que buena compañía hace cuando estás hospitalizado o solo. Aunque también me arrepentí, porque después me vaciaba el tarro y daba lecciones de la actualidad. Bueno, en realidad nos sirvió para tener mas motivos de conversación.

Una maravillosa compañera de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) Alicia, en donde trabajaba por esa época, le compró las zapatillas.

Yo me fui a la calle la Naval y le compre un» loro» además con una linterna, para sus noches de insomnio.

Hablé con los médicos y me dijeron que a la «zorrúa» le trajera el whisky y el tabaco.

Llegué al hospital con mi mochila, acojonado, como haciendo una gran maldad y no estaba en la cama, y estaba desmontada.

Se me saltaron las lágrimas y mientras corría a preguntar en el mostrador, oí…hippy, hippy…!!!! ¿Que tienes?…

Ay me cagoentumadre…Migué ¿donde estabas?

Me hicieron una radiografía y bañaron, me van a pasar a otra habitación.

Ahí estaba él en la silla de ruedas, duchadito, con su pijama limpio, peladito, peinado y afeitadito, con sus zapatillas nuevas. Todo anaranjado del yodo que le ponían, pero feliz y mirando para la mochila.

Vamos hippy pa´que te comas lo que te he guardado.

Como ya conté, me guardaba alimentos proteicos que le daban a él, porque yo estaba muy flaco, jeje…tiene narices.

Cuando se enteró que se los devolvía a la enfermera, me obligaba a tomármelos en su presencia, jajajaj… que bicho era.

Bueno, en realidad cenábamos juntos y nos reíamos un rato.

Adiós Hippy, hasta mañana, mira ¿mañana podrías quedarte por la noche??………..

Historias vividas con Miguel por el barrio de Las Alcaravaneras y el Hospital Negrin.

 


Empiezo hoy unas crónicas en recuerdo a Miguel, que pasó sus últimos años por el barrio de Las Alcaravaneras, en la indigencia. Se le podía ver aparcando coches, limpiándolos o pidiendo a la puerta de la iglesia de la Sagrada Familia.

Va esta Primera parte y por lo menos publicaré dos o tres mas, que espero que les guste y sean amenas. Es lo que le hubiera gustado a Miguel.

El me llamaba hippy y ya iré contando el por qué.

¡Y va la primera!

Cuatro días antes de que decidiera irse “pa´l patio de los cangrejos”, porque era marinero y así me lo decía, me quedé con Miguel la noche entera en el hospital.

Fuerte amanecida nos pegamos.

Cuando entré a la habitación y me vió sin chaqueta y con la mochila, se le transformó la cara, desprendía una felicidad que pedía a gritos un abrazo y unos besos.

Fui a preparar la mesita para la cena, y Miguel inquieto me empezó a pedir la botella, la botella ¿Donde tienes la botella?.

Tanta insistencia e inmediatamente y con voz de quien no ha roto un plato, cambió y me larga…cállate hippy, disimula y a cenar que ya vienen.

Donde manda patrón, no manda marinero. Pues a cenar.

Cuando recogieron lo de la cena, siguió con sus ordenes:  Hippy, saca la silla, y mójame la cara que nos vamos.

¿Que nos vamos??

Y ahí fuimos en la sexta planta del Negrín «er migué y er hippy», rumbo a los ascensores, y aquí viene lo bueno.

Al pasarlos hay una escalera de emergencias con una gran puerta pesada, de cortafuegos.

Abre la puerta, hippy.

Fuerte mundo tras aquellas puertas, en aquellas escaleras.

Allí estábamos, por lo menos 6.

Fumando, bebiendo, charlando, contando chistes y hasta cantando.

Los ceniceros eran botellas de plástico con agua, y cada uno respetaba la bebida y el tabaco del resto.

Tenían vasos de plásticos y nos echamos unas partidas a las cartas.

Al rato, la nueva orden: Hippy pa´la habitación, que vienen a tomar la temperatura.

Si no es chispa… aymimarre ¿y que le digo yo a la enfermera? se me iba la silla pa´qui, pa´lla y er jodío Migué…hippy pégate a la pared que me largas por la ventana.

Vino la enfermera, yo me metí en el baño, …que vergüenza, y oigo: “niña déjame unos botitos de esos pa´l hippy, que está flaco y esta escondío en el baño”, y se oyeron unas fuertes carcajadas al unísono de Miguel y la enfermera, que mientras se iba decía:… ya puede salir.

 

 

“El Otoño de las Algas”

Hoy les dejo un pequeño cuento, que espero les guste. Gracias.

*El Otoño de las Algas*

Un marinero en Caleta de Sebo contaba, ante la mirada atónita de un muchacho que veía como El Río unía a La Graciosa con Lanzarote, que el nombre de tan bello paraje lo recibía del otoño de las algas.

Con la respiración entre cortada por lo años vividos en la mar, porque vivir en una pequeña isla es como siempre estar navegando, siempre en una nave rompiendo olas, cortando el mar, comenzó a hablar.

Le hablaba de las “caídas de las hojas” de las algas, que en su otoño allá en el fondo del mar, tras volverse ocres y rojizas, se desprendían para crear bellas alfombras de colores, que navegan a la deriva y que van a cubrir playas, cual tapices de la mejor confección, del más refinado entrelazado.

Ardua y armoniosa labor, que en la urdimbre de arena y sal, cual pintoras, tejedoras y modistas, generan obras de gran belleza.

Y aquí, en el Archipiélago Chinijo, el sol le da el encanto de escenas polícromas de lava, arena y callao.

Javier Marrero. Febrero 2024.

*A Rosi, Aldo y Luna por las muchas alfombras que hemos andado y seguimos andando, por las playas de nuestras Islas Canarias. Por los cuentos leídos, los creados y porque somos un pedacito de tapiz en el Otoño de las Algas.